Del encuentro con una vieja amiga

En un encuentro con una vieja amiga, tan vieja como los años que tengo y que tiene, hablamos de cómo había vivido, tiempo atrás, determinadas experiencias y, aunque ella había imaginado que no fueron momentos fáciles para mí, no es lo mismo imaginar que escucharlo en palabras de quien lo vivió, ni tampoco es lo mismo contarlo muchos años después cuando las emociones ya no te quiebran la voz. Hablar con la primera amiga de mi niñez es como hablar a mi propio corazón, no puedo ocultarle nada porque lo sabe todo.

La vida se ha encargado en los últimos quince años de borrar casi todo rastro de lo que hace más de cincuenta había deseado, si es que llegué a desear alguna vez algo, casi no lo recuerdo, porque no es que faltaran deseos, es que no me atrevía ni a soñarlos. Tampoco sé por qué me sentía tan pequeña y tan nimia que no podía ni soñar, y si lo supe alguna vez lo he desechado en algún momento, en alguno de esos que cierras los ojos y ves, en alguno de esos que te tapas los oídos y escuchas, en alguno de esos momentos en los que dejas de parecer para ser.

Volviendo al encuentro con mi amiga, le decía que desde hace algún tiempo cada día que vivo es un regalo, porque un día hace casi trece años me faltaron las ganas de vivir, y aunque jamás pensé en atentar contra mi vida, porque la vida es sagrada, dejé de juzgar a aquellos que alguna vez lo hicieron. Aquél día pedí a Dios, porque ese es el nombre que aprendí a dar a un ser todopoderoso que no entendía, que me diera fuerzas. Lo pedí al mirar de reojo a mis hijas sentadas a mi lado. Lo pedí porque me faltaba el aliento para seguir respirando. Y todo porque lo que había conseguido atesorar en mis cuarenta y cinco años desapareció de un plumazo; mi trabajo y mi dinero eran lo de menos, siempre hay nuevas salidas, pero mi familia era lo más importante. Cuando entendí que sin felicidad condenas a quienes más amas, me sentí tambalear y tuve que tomar decisiones, por ejemplo, hacerme cargo de mi propio bienestar. Aunque no sabía el precio que tendría que pagar por ello, hoy sé que cualquiera que haya sido el costo es un precio justo. Lo que estaba en juego era mi felicidad.

Rogué a Dios pidiéndole vida, porque me faltaba en aquel instante, para ver crecer a mis hijas hasta que fueran independientes, pensando que era lo único que les debía por haberlas traído al mundo. No le prometí nada a cambio a ese Dios, pues nada tenía, tan solo le dije, inocentemente, que después de eso eligiera cuando tenían que acabar mis días. Y hace ya algún tiempo que mis hijas están crecidas, son independientes, saben cómo vivir su vida. Son personas generosas y de corazón grande, incluso han dado nuevo fruto a la vida.

Al hablar con mi amiga, caí en la cuenta de que ya no hay deudas, de que todas están cumplidas. Y hoy puedo mirar hacia atrás sonriendo, recordando todo lo que este Dios, mi Dios, me dio sin pedirle: tanta amistad, tantos momentos de amor, tantos de alegría y placer, tantos de dolor y enfermedad, otros muchos de soledad, y algunos en los que me cubrió de pobreza para que descubriera mi auténtica riqueza. Momentos en los que me vacié de expectativas, y al vaciarme se llenaron de realidades que nunca me hubiera atrevido a soñar, aprendiendo así, a respetar mi proceso y el proceso de los demás.

Y ahora puedo comprender que cuando la vida te quita, en verdad te está dando. Te quita lo grande para que disfrutes de lo pequeño, te roba las certezas para que transites por la incertidumbre y al caminar por ella aprendas a confiar, a vivir sin una mochila cargada de cosas superfluas, de las que puedes prescindir para una vida plena. Te despoja de libros escritos para que aprendas de la experiencia y te hace escribir libros para agradecer la vida, de realidades llena.

La vida te desnuda para que no tengas más remedio que mostrarte tal como eres, y tal como eres te descubras. Y al mostrarte así desnuda, sin nada que ocultar, la vida te arropa porque ya puedes mostrar, sin miedo, tus cicatrices a los demás, y entiendes que no solo eres suficiente sino que eres esencial para esta vida a la que elegiste venir, para compartir, para amar y ser amada, para vivir.

Y aunque suelen decir que viniste a ser feliz y que no te distraigas, yo te digo que no importa si te entretienes por el camino, porque en la distracción de la infelicidad aprenderás como afrontar cualquier circunstancia que acontezca en tu vida y a elegir la dirección de tus pasos hacia el camino que elijas.

Hoy, doy las gracias a la vida por lo que me quitó y por lo que me regaló, enseñándome a recibir con humildad y a dar sin publicar, sin olvidar a esos amigos y amigas del alma con lo que puedes desnudar tu corazón. Y ninguna mañana olvido dar las gracias a ese Dios, al que hoy llamo Vida que, aunque no lo haya pedido, me ofrezca la oportunidad de vivir un nuevo día.

La vida solo es vida y de cada uno de nosotros y nosotras depende como vivirla.

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