Todas las personas, dentro de la familia, tenemos parecidos lazos familiares. Podemos ser padres, abuelos, bisabuelos, hermanos, primos…, todos los parentescos que se nos ocurran, pero no siempre son comunes a todas las personas. Los mencionados, pueden ser o no, sin embargo hay uno que es común a todos, y que vincula ineludiblemente a otros.
Lo común a todas las personas es que somos hijos, y este hecho va unido a ser nieto, biznieto, tataranieto… y así hasta un número de generaciones por detrás que no podemos determinar. Ser hijo, es ser el último en la escala jerárquica, es haber llegado a la vida después que otras generaciones que llegaron antes. Así es para todos, pero a muchos… ¡Cuánto trabajo nos cuesta aceptarlo! Sobre todo cuando vamos creciendo.
Creemos que podemos enseñar a nuestros padres, y no solo eso, a veces tenemos la infantil idea de que podemos protegerles, la tan inocente como inconsciente sensación de querer cargar con los asuntos que les atañen y, que, a nuestro juicio, son problemáticos, y hasta la pretensión de que cambien su manera de pensar y de actuar por otras más acordes con los nuevos tiempos, y… tantas cosas más.
Algunas veces nos metemos en asuntos de nuestros padres, y otras, nos meten ellos, y nunca, los asuntos de los padres son asuntos de los hijos, especialmente cuando se trata de temas de pareja o de separación, porque en estos casos hasta seríamos o nos obligarían a ser juez y parte. ¿Dónde queda la seguridad de un niño que se ve impulsado a tomar partido por uno de los dos? Si se pone de parte de uno, se pone en contra del otro, y un niño en esta situación, queda dividido y fragmentado.
Me pregunto dónde está el sentido común en los mayores cuando utilizamos a un hijo para dañar al otro. Acaso olvidamos que el niño también es parte suya y que nosotros elegimos como padre o madre, al que ahora le invitamos a juzgar. Y olvidamos, prefiero pensar así, que el hijo no nos pertenece, que no es un bien a repartir, que como todo niño tiene el derecho a ser protegido y nosotros la obligación de protegerle.
El nivel de angustia que generan estas situaciones en los hijos, junto con el enfado a veces soterrado bajo losas que pesan toneladas, y que sale a borbotones cuando crecemos y formamos un nuevo hogar, bajo el lema de “yo lo haré mejor que mis padres” suele ser, en muchas ocasiones, el inicio inconsciente de “yo repito la historia de mis padres”, y nos obliga a mirar lo que estaba tapado, la angustia, el miedo, y el dolor de un niño que tiene que enfrentarse al hecho de no poder amar abiertamente a su papá o a su mamá, porque uno de los dos se lo impide, cuando no se lo impiden ambos a la vez.
En situaciones de divergencia en la pareja, qué saludable es para nuestros hijos que seamos capaces de decirles: “Estas cosas son de mayores y nosotros las arreglamos, tu eres un niño y no son tus asuntos, nosotros nos ocupamos de ello” o, en caso de separación: “Aunque papá y mamá no estén juntos, tú siempre serás nuestro hijo y los dos te amamos”.
Así, el hijo puede tomar su lugar y mirar hacia adelante, donde está la vida, la escuela y los asuntos de niños, seguir su propio guion y no mirar atrás, donde están los asuntos de los mayores, los esquemas anteriores. La vida tiene una ley: va hacia adelante y no hacia atrás. Si la comprendemos, nuestro nivel de felicidad es mayor, porque seguimos el curso natural de la vida. Ni los padres ni los hijos venimos al mundo con libro de instrucciones, pero casi siempre, en lo que concierne a los padres, el sentido común es suficiente.