Si me pregunto quién soy, necesariamente busco el hilo conductor, en primer lugar, en la historia de mi familia, porque una parte muy importante de quien soy la encuentro en mi clan. Me guste o no, pertenezco y sin esa pertenencia no me cuestionaría quién soy porque simplemente no existiría.

En la historia familiar encuentro aquellas razones que, en gran medida, me hacen ser como soy. Aprendí a ver la vida con los ojos, las creencias y la forma de hacer de los que me antecedieron, a mirar a través de sus filtros, con sus particulares lentes.

Si amplío la mirada y salgo de mi círculo más íntimo, me encuentro con un entorno que se expande a  mi barrio, mi pueblo, mi ciudad, mi país, con la cultura y el sistema de creencias que me arropa y que, como un paraguas agujereado, permite que me empape de todo ello, porque, también pertenezco y soy parte de donde he crecido.

Así, cada uno de nosotros, vamos incluyéndonos en muchos sistemas diferentes a medida que crecemos: la escuela, el trabajo, los amigos…, y de todos ellos nos nutrimos, al igual que dejamos algo nuestro en cada uno. Tanto la familia como la sociedad y lo que vivimos dentro de ellas, hacen que tengamos una manera de pensar determinada, una ideología concreta,  o una religión impuesta… Todo tiene su parte a la hora de conformar nuestra manera de ver el mundo, una manera que es diferente a otras culturas y a otros países.

Cuando viajamos o nos relacionamos con  personas de culturas diferentes, volvemos a ampliar la mirada y a incluir otras formas de ver la vida, ya no somos como al inicio, solo parte de nuestra familia, sino que somos parte de nuestras vivencias. Sin embargo, es curioso como a pesar de todas las experiencias que vivimos, hay en el mar profundo de nuestro inconsciente, lazos invisibles que nos unen a las formas primigenias de actuar de nuestros antepasados, a través de vinculaciones ciegas, que nos llevan a sufrir dificultades como las que ellos padecieron, al igual que a utilizar los recursos que ellos desarrollaron para superar las adversidades.

Si nos hacemos consciente de que al crecer tenemos un deber: ganar independencia y realizar nuestro proceso de individuación con respecto a nuestros mayores o a las imposiciones de la sociedad, estamos en el buen camino, en el que mirar hacia dentro de nosotros mismos es la prioridad.  Pero eso tiene un coste, a veces difícil de asumir,  es hacernos responsables absolutos de nuestra vida, es mirar hacia delante y dar prioridad a lo nuevo frente a lo viejo, sin dejar por ello, de agradecer y honrar lo recibido, nada más y nada menos que la vida, ese regalo inmenso que no nos podía ser dado en otro lugar, en otra cultura o en otra familia diferente a la nuestra.

Seamos conscientes de que somos un todo construido de retales: aquello que traemos de nuestra familia y lo que dejamos en ella; lo que recibimos de la sociedad y lo que somos capaces de devolverle; todo lo que nos ha herido y lo que nosotros hemos perjudicado; lo que nos han amado y lo que hemos podido amar. En definitiva, todo lo que hemos vivido y  lo que dejaremos de nosotros cuando ya no vivamos. No estamos aquí por azar, y podemos decidir en este momento dejar lo mejor de nosotros, pero solo podremos hacerlo, cuando decidamos vivir lo mejor que podamos la vida que nos han regalado.

Todos y cada uno estamos hechos de trocitos de historias, de amores, desamores, vidas fecundas, muertes tempranas, dolores y alegrías, dificultades y fortalezas. Todos estamos hechos de pedacitos de vida.

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