Hay acontecimientos que determinan la historia de las familias, en cada una sucedieron unos hechos concretos que marcaron para siempre el devenir y el destino familiar. También hay sucesos que marcaron un antes y un después a nivel colectivo en nuestra sociedad; en lugares en los que acontecieron guerras, la suerte cambió para todos, en cada familia de una forma concreta pero también con elementos comunes al resto de las familias; igualmente cuando se producen desastres naturales con graves consecuencias, queda impreso en el colectivo de la sociedad y en cada familia en particular señales de lo que se ha vivido.

El miedo, la muerte, la enfermedad, la pérdida del hogar, el destierro obligado, la incertidumbre y el desconsuelo, no dejan inmune a nadie. Se hace visible nuestra vulnerabilidad y se descorren los velos que en lo cotidiano encubren lo esencial de la vida. Son hechos que se graban en la historia familiar y que pasan de una generación a otra, no sólo como la crónica que relatar a futuras generaciones, o de ocultar para no recordar las consecuencias, y que tanto si se cuentan, como si se enmascaran o se silencian, dejaron una impronta en aquellos que experimentaron los sucesos, y sobre todo, cuando se ocultan o se distorsionan, podemos rastrear sus huellas siguiendo la estela de dolor, tristeza, rabia y miedo, que pasa de generación en generación, sin que seamos conscientes de ello.

Conocer la historia de nuestra familia nos permite reconocer las heridas pasadas que, como cicatrices vivas, activan aquélla parte ciega para nuestra mente, pero no para nuestro instinto, que está en resonancia con la memoria ancestral. De esta manera, podemos tomar distancia de emociones, sentimientos y sensaciones que viven en nuestro inconsciente y que se manifiestan en nosotros cuando entramos en contacto con situaciones o circunstancias, en las que emergen emociones parecidas a las que quedaron impresas en la memoria familiar, y que si nos paramos a observarlas, nos damos cuenta de que son desmedidas e incoherentes con nuestra realidad.
Por tanto, si las historias y los secretos familiares salen a la luz, se alivian y hasta desaparecen los síntomas de confusión que a veces sentimos ante determinados hechos y dejamos de identificarnos con las heridas pasadas, permitiendo que cicatricen definitivamente. Este conocimiento, más allá de la comprensión intelectual, nos permite reconocer algo más profundo en nosotros: los patrones que nos fueron legados por todos aquellos que nos antecedieron, a los que llamamos “nuestros ancestros”. Al fin y al cabo, de ellos y de sus historias personales y colectivas, traemos la vida, pero lejos de heredar solo sus dificultades, descubrimos que en nuestras venas corre la memoria de su fuerza, de su empuje, de su entereza, de su valentía y de sus habilidades y talentos.
Como ramas de un mismo árbol, vamos injertando nuevos tallos, de los que nacerán nuevos frutos, sin olvidar que nos nutren las mismas raíces. Y así, como nos llegó a nosotros, nos toca transmitir de nuevo la vida, y somos los encargados de escribir una nueva historia. ¿Qué herencia quieres legar? No olvides que será determinante para los que vienen detrás, porque será la historia de su familia.

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