Preguntarnos quién pertenece a nuestra familia puede parecer absurdo, ya que si echamos un vistazo a nuestro árbol genealógico aparenta ser muy sencillo. Sencillo, o tal vez no tanto, porque el actual Registro Civil inició su andadura en 1.871, y con tan solo 145 años de historia, conocer los datos de nuestros antepasados más allá de nuestros bisabuelos, en muchas ocasiones, es una ardua tarea.
La tradición oral facilita la labor, el registro familiar verbal, aquel que corre de boca en boca, de una generación a otra, contando las historias familiares, donde a veces se mezclan lo verídico con lo incierto y lo dudoso, porque ya sabemos que una cosa es lo que unos dicen, y otra lo que entienden los demás; al mismo tiempo tenemos que contar con lo que unos agregan y otros quitan, y hasta con lo que les interesó o no contar a los de atrás.
Quienes hemos investigado nuestros orígenes, nos sentimos fortalecidos, y parece que cada nuevo nombre y dato hallado, se une a un hilo que estaba colgando de nuestro corazón. ¿Hilos colgando de nuestro corazón? Esto es algo que sólo conocen los que han recorrido este camino, y si no, pregunten… O mejor aún, inicien su árbol genealógico… Se sorprenderán y, sobre todo, se comprenderán y se reconocerán en él. Una vez que nos adentremos en las raíces de nuestro árbol, agradezcamos, porque no son sólo datos, ni nombres, ni fechas, son los antecedentes de la vida que ha llegado hasta nosotros. ¿Y si además tenemos en cuenta los acontecimientos que no reflejan los registros escritos?
Hay testimonios que nos cuentan, quizá que el abuelo tuvo una primera novia, y que poco antes de contraer matrimonio, conoció a otra mujer. Se enamoraron de tal manera, que él dejó a su novia y se casó con nuestra abuela. ¡Qué romántico! Y aquella primera novia, ¿qué sería de ella? Se quedó compuesta y sin novio. Ella no aparece en el Registro Civil, pero si forma parte del registro familiar, no como pariente, pero si como alguien importante en nuestra familia, porque el abuelo la dejó plantada, para crear la rama del árbol al que pertenecemos. Y tal vez, la bisabuela, se quedara viuda muy joven, y después se casara con el bisabuelo, porque se enamoraron, o quizá porque necesitaba un hombre que trajera el pan a casa.
¿Qué iba a hacer una mujer sola en aquellos tiempos? ¿No era así la historia? Es posible que el viudo fuera el bisabuelo, y se casara con la bisabuela porque necesitaba una madre para sus hijos, ¡qué iba a hacer un hombre solo con sus hijos hace más de cien años! Pero ellos, los que se quedaron por el camino y que a veces no aparecen registrados, forman parte de nuestra historia familiar, porque hicieron sitio con su ausencia, a nuestra abuela, a nuestro bisabuelo, a nuestra bisabuela…, y por eso nosotros estamos aquí, formando nuevas ramas del extenso árbol. Todos merecen un lugar, y si no se lo damos, quedan hilos colgando de nuestro corazón. O tal vez, si fueron olvidados y excluidos, puede ser que repitamos parte de su historia, o curiosamente observemos que a muchas mujeres de la familia, una generación tras otra, les dejan plantadas sus novios para casarse con otras. ¿Cosas de la vida o cosas de la familia?
Reconocer a quienes forman parte de nuestra familia y agradecer lo que aportaron a ella, hace posible que dejemos de repetir los viejos guiones y podamos crear nuevas historias.