Desde que estamos en el vientre de nuestra madre, ya somos alguien. Alguien que viene a formar parte de una familia, y cada familia tiene su propia forma de ver y entender la vida, con unos principios y unos valores determinados, que se rige por sus propias reglas y normas. Y cuando nacemos somos los últimos en llegar, los pequeños, es tan evidente por nuestro tamaño…
Aprendemos a comportarnos según el modelo que nos muestran, imitamos su conducta, y a veces ni tan siquiera es necesario imitarla, porque incluso estando lejos de algunos de los nuestros, de forma innata sale a relucir una forma de caminar determinada, una forma de sonreír, o un gesto que deja perplejo a nuestro entorno y nos parece tan curioso que estando tan lejos, y a veces incluso sin conocernos, podamos parecernos tanto…
Nos dicen que tenemos los ojos del abuelo, las manos del padre, y la sonrisa de la madre, y ellos ¿de quién tienen los ojos, las manos y la sonrisa? Tal vez de sus propios padres o abuelos… Herencia, nos dicen. También heredamos rasgos del temperamento de nuestros antepasados que junto con nuestro carácter conforma nuestra personalidad. Y a veces nos preguntamos: ¿Por qué me tocó a mí?
Hay herencias visibles y otras que están ocultas, y que salen a la luz de vez en cuando, pero son menos tangibles que la tierra, la casa o la cuenta corriente; nos damos cuenta de repente, cuando en un instante somos conscientes de que algo se repite, de que ocurrió lo mismo en esta generación que en la anterior, y entonces preguntamos a los mayores, y resulta que también ocurrió antes, y antes y… ¿seguirá ocurriendo más tarde?
Pero ya hemos crecido y hemos dejado de ser los pequeños de la familia, y es posible que ahora tengamos nuestros propios hijos, y nos hayamos convertido en grandes, y les pasamos el legado, el legado de nuestra familia, un legado que se ha incrementado con nuestras propias vivencias. Les transmitimos, además del color de ojos, de la forma de las manos, y de la sonrisa, los mandatos familiares, a veces mudos y silenciosos y otras muy sonoros… como nos fueron transmitidos a nosotros: “En esta familia lo correcto es…”, “Aquí se hacen las cosas de este modo…”, “Porque esta es nuestra familia, con sus reglas y sus normas y…todo queda en casa”.
Entonces pensamos: esto ya no es lo mismo, los tiempos han cambiado, ahora las cosas son diferentes. Y es cierto que lo son, la sociedad es distinta y el cambio ha sido tan grande, en tan poco tiempo, que no nos damos cuenta de que en muchas ocasiones hay una brújula interior en nosotros, inconsciente, invisible a nuestros ojos, inapreciable en nuestra prisa, que dirige nuestro rumbo, y quizás nos desvía de nuestro norte.
La brújula del legado familiar decidiendo de forma ciega el lugar adonde nos dirigirnos, y de repente nos bloqueamos, nos paramos, y nos sentimos perdidos, y no sabemos si somos los pequeños o los grandes, y nos miramos al espejo y nos preguntamos:
¿Quién soy yo?