… Y a ti te encontré en la calle
“Mis hijos son mis hijos, y a ti, te encontré en la calle”. ¿Cuántas veces hemos oído esta frase u otra parecida? Independientemente de que sea expresada por una mujer o por un hombre, es algo que parece no solo cierto sino también natural. Sin embargo, cuando los hijos la oyen, o no la oyen pero la perciben… de repente… se dan la vuelta y miran a los padres con los ojos como platos. ¿Qué ocurre entonces? Dejan de mirar hacia adelante, donde está la vida, y se sienten atados.
“Si no te hubiera encontrado en la calle, mis hijos no serían mis hijos”. Aquí se pone de manifiesto el reconocimiento a un elemento esencial en la relación: “la calle”, que si en la primera frase parece ser un elemento deshonroso, mediante el que nos atrevemos a menospreciar al padre o madre de nuestros hijos, en esta, hay un reconocimiento, a través del cual, el elemento deja de ser degradante, y comienza a tener dignidad, porque estoy recordando el lugar donde le encontré. Y al recordarlo, recuerdo que algo por dentro me movió hacia él, o ella.
“Si ambos no nos hubiéramos encontrado en la calle nuestros hijos no hubieran nacido”. Un pasito más. Los hijos pasan de ser “mis hijos” a ser “nuestros hijos”. Y al recordar la calle donde nos encontramos por primera vez, estoy recordando, también, que algo por dentro le movió hacia mí. Y esa imagen me recuerda lo que yo sentía cuando él o ella me miraba. La calle me parecía hermosa, y su mirada también, igual que las mariposas que revoloteaban por mi estómago.
“Gracias a que tú me encontraste y yo te encontré, tenemos a nuestros hijos”. La calle, pasa a un segundo plano porque hay elementos más importantes. Nuestra relación tuvo consecuencias. Tanto si fueron buscados o llegaron sin previo aviso, nuestros hijos nacieron de ella. Y tanto si fue una relación feliz o infeliz, nos vincularon de por vida, porque nacieron de nosotros, de los dos. Ambos fuimos responsables y seguramente felices por ello.
“Ahora me doy cuenta que tú llegaste primero, y después llegaron nuestros hijos”. ¡Bien! Vamos colocando las cosas en su lugar, dándoles el orden adecuado. Si no hay pareja, no hay hijos, por tanto la pareja está primero y los hijos después. Nos guste o no, es así. Y tal vez, reconocer este orden, nos hace reconocer el amor que nos unió, y es posible que pueda mirar al otro de manera diferente y, tal vez, retomar la relación de pareja donde la dejamos, porque ser padres se convirtió en nuestra misión más elevada, sin darnos cuenta que nuestros hijos crecen mejor cuando la relación de pareja es fuerte entre los dos.
“Gracias por los hijos que hemos tenido”. Tanto si esta frase podemos decirla dentro de la relación de pareja, o al término de ella, siempre es una bendición. Reconocer al otro es reconocer a nuestros hijos, porque ellos son su mitad, que junto con mi mitad, les completa, son una unidad indivisible. Y solo así podemos amarles.
Aunque los hijos no hayan escuchado ninguna de las últimas frases, perciben, que su padre es el mejor padre, y su madre, la mejor madre para ellos. Y cuando tienen el permiso de amar a ambos, se sienten fuertes y seguros.
Los hijos se sienten bienvenidos cuando en su interior guardan una imagen de sus padres juntos, incluso, en un sueño esta imagen les llega con una melodía y les parece escuchar que ambos tararean una canción: “Bendito el lugar y el motivo de estar ahí… bendita la coincidencia… bendito el reloj que nos puso puntual ahí… bendita sea tu presencia… bendito Dios por encontrarnos en el camino (…)”. Pusieron banda sonora a su vida y antes de despertar, se dieron la vuelta y miraron sonriendo hacia adelante, libres para recorrer su propio camino.
Estos hijos tienen muchas posibilidades de ser felices, aunque los padres no estén juntos, porque en su corazón guardan una imagen y una melodía que los une.